Por allá en septiembre de este año recibí, como es habitual, un correo de la facultad en el que, entre otros, se ofrecía un curso gratuito en el “Laboratorio de proyectos audiovisuales”. Como a mi el tema me llama la atención -sigo en nivel amateur en edición de videos, pero algo hago-, y el horario me era conveniente, fui.
En su presentación el profesor (cuyo nombre no logro recordar), que trabaja en televisión, dijo que entre los proyectos que podrían realizarse en el marco del curso o taller podríamos intentar “con un reality show. Saben ustedes porqué se hacen tantos realities -preguntó con una mueca medio burlona-… ¡Porque no cuestan nada!”.
Y continuó, “además de que se trata de productos muy baratos, pues las locaciones suelen ser pocas y podés atraer muchos sponsors, no tenés problemas con los actores, que son un gremio muy jodido”. Y remató con el famoso “es lo que vende”.
Ese día comenzó y terminó mi intento por aprender más acerca de la producción audiovisual, por el momento. Más allá de que me espantó la frivolidad del maestro, no me sentí segura de poder soportar el meterme a producir un reality, por más social que fuese la temática, pues habían propuesto hacer un programa de esos sobre las profesiones de la clase trabajadora en la Argentina.
Más que a editar o a encajar imágenes con sonidos, aprendí acerca del miedo que le tienen los productores (siempre según el relato del profesor aquel) a los actores, que al parecer son un gremio muy fuerte que logra firmar contratos muy detallados en la sección de haberes; y que los realities son -casi una obviedad- el producto televisivo más redituable después de los noticieros o la transmisión de importantes campeonatos de fútbol.
Yo también (vi un reality)
He de reconocer que hace no muchos años me seducía la idea de la “televisión real”. Recuerdo que me vi completo el primer (de siete u ocho) “Expedición Robinson” colombiano, la versión criolla del gringo “Survivor”.
Así también, cuando estaba aún en el colegio, era fiel espectadora de “Protagonistas de novela”, una suerte de casting larguísimo en el que recluían (al estilo “Gran Hermano”) a los participantes en una casa para somerterlos a diferentes pruebas histriónicas a lo largo de las semanas, mientras cámaras dispuestas en toda “La casa” nos mostraban las peleas, las lloradas y lo que pasaba bajo las sábanas.

Ganó Jaider. Mucho carisma, poquísimo talento.
El momento más emocionante se llamaba el “Cara a cara”, que era cuando se nominaban entre los participantes -quien tenía más nominaciones podía salir de la casa- parados frente a frente, con las manos atrás para evitar mechoniadas, uñas y puños, acusándose por no haber dicho bien las letras, haber utilizado un cepillo de dientes que no era suyo o haberse puesto un vestido más sexy.
Hay que hacer una pausa.
Por favor, levanten el mouse aquellos que nunca jugaron al “Cara a cara” en el colegio ¡con el consentimiento de los profesores!
Creo que mi límite, más bajo, con el tema de los realities llegó el día en que fui a un centro comercial a darle la bienvenida a la realidad real (a estas alturas hablamos como de tres realidades, por lo menos) a uno de los eliminados de Protagonistas. El remate vino cuando tomé el micrófono que rotaba en la multitud y le hice no recuero cuál estúpida pregunta.
Esta historia continuará. Próximamente.
Escrito por Marie 

Escrito por Marie
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