Sobre realities y otros males (parte I)

2 Diciembre 2009

Por allá en septiembre de este año recibí, como es habitual, un correo de la facultad en el que, entre otros, se ofrecía un curso gratuito en el “Laboratorio de proyectos audiovisuales”. Como a mi el tema me llama la atención -sigo en nivel amateur en edición de videos, pero algo hago-, y el horario me era conveniente, fui.

En su presentación el profesor (cuyo nombre no logro recordar), que trabaja en televisión, dijo que entre los proyectos que podrían realizarse en el marco del curso o taller podríamos intentar “con un reality show. Saben ustedes porqué se hacen tantos realities -preguntó con una mueca medio burlona-… ¡Porque no cuestan nada!”.

Y continuó, “además de que se trata de productos muy baratos, pues las locaciones suelen ser pocas y podés atraer muchos sponsors, no tenés problemas con los actores, que son un gremio muy jodido”. Y remató con el famoso “es lo que vende”.

Ese día comenzó y terminó mi intento por aprender más acerca de la producción audiovisual, por el momento. Más allá de que me espantó la frivolidad del maestro, no me sentí segura de poder soportar el meterme a producir un reality, por más social que fuese la temática, pues habían propuesto hacer un programa de esos sobre las profesiones de la clase trabajadora en la Argentina.

Más que a editar o a encajar imágenes con sonidos, aprendí acerca del miedo  que le tienen los productores (siempre según el relato del profesor aquel) a los actores, que al parecer son un gremio muy fuerte que logra firmar contratos muy detallados en la sección de haberes; y que los realities son -casi una obviedad- el producto televisivo más redituable después de los noticieros o la transmisión de importantes campeonatos de fútbol.

Yo también (vi un reality)

He de reconocer que hace no muchos años me seducía la idea de la “televisión real”. Recuerdo que me vi completo el primer (de siete u ocho) “Expedición Robinson” colombiano, la versión criolla del gringo “Survivor”.

Así también, cuando estaba aún en el colegio, era fiel espectadora de “Protagonistas de novela”, una suerte de casting larguísimo en el que recluían (al estilo “Gran Hermano”) a los participantes en una casa para somerterlos a diferentes pruebas histriónicas a lo largo de las semanas, mientras cámaras dispuestas en toda “La casa” nos mostraban las peleas, las lloradas y lo que pasaba bajo las sábanas.

Ganó Jaider. Mucho carisma, poquísimo talento.

El momento más emocionante se llamaba el “Cara a cara”, que era cuando se nominaban entre los participantes -quien tenía más nominaciones podía salir de la casa- parados frente a frente, con las manos atrás para evitar mechoniadas, uñas y puños, acusándose por no haber dicho bien las letras,  haber utilizado un cepillo de dientes que no era suyo o haberse puesto un vestido más sexy.

Hay que hacer una pausa.

Por favor, levanten el mouse aquellos que nunca jugaron al “Cara a cara” en el colegio ¡con el consentimiento de los profesores!

Creo que mi límite, más bajo, con el tema de los realities llegó el día en que fui a un centro comercial a darle la bienvenida a la realidad real (a estas alturas hablamos como de tres realidades, por lo menos) a uno de los eliminados de Protagonistas. El remate vino cuando tomé el micrófono que rotaba en la multitud y le hice no recuero cuál estúpida pregunta.

Esta historia continuará. Próximamente.


Leones piel de cordero

26 Noviembre 2009

Por María A. Páez

La propuesta filme Leones por Corderos (2007), dirigido y coprotagonizado por Robert Redford, intenta poner bajo el foco al sistema educativo, a los medios de comunicación y al poder político como pilares de sustento y ejecución de las intervenciones militares de los Estados Unidos en el mundo.

A pesar de la sobreutilización de clisés, la fascinación de los contextos, típica del cine hollywoodense, y el vago nivel crítico sobre la invasión norteamericana a Afganistán en la cruzada “antiterrorista”, el encuadre sugerido por Redford resulta de utilidad para desarrollar un análisis acerca del rol de los medios de comunicación (en particular de la televisión, que en la película se ve representada en la figura de una periodista con el rostro de Meryl Streep) como la tribuna desde la que se promocionan las guerras y se conquista el apoyo del pueblo estadounidense para invertir miles de vidas y millones de dólares en ellas.

Extensa resulta la bibliografía acerca de la influencia del mensaje televisivo; sin embargo, no tan numerosa es la teoría acerca de ese medio como transformador de las estructuras psíquicas y sociales de los televidentes. De esa manera, se hace preciso contemplar los aportes a la materia por parte del profesor español Joan Ferrés, experto en comunicación audiovisual.

En el desarrollo realizado por Ferrés en Televisión y Educación (1994), los medios –la televisión en particular- modifican “todo el complejo físico y psíquico de la persona: modifican su manera de pensar, de percibir el mundo y de actuar”.

Pero de qué manera puede constatarse semejante afirmación. En relación con Leones por Corderos, hemos de profundizar en el enfoque propuesto por Redford: la televisión como escenario para vender la invasión al primero de los tres países miembro del apocalíptico “Eje del mal”, bautizado por Bush (h).

“El periodismo televisivo representa el triunfo de la puesta en escena, de la escenificación, el triunfo de la forma sobre el contenido”, asevera Ferrés. Ahora bien, es de público conocimiento el enfoque de los noticieros estadounidenses tras el 9/11: pantallas sangrantes, rebeldes musulmanes prestos a inmolarse, la constante amenaza de la inseguridad, y, por supuesto, la palabra favorita del ex presidente Bush (h), ¡terrorism! ¡terrorism! ¡terrorism! Va tomando “forma”, entonces, la indiscutida aceptación del pueblo al envío de tropas norteamericanas a Afganistán.

Respecto a las estrategias utilizadas por la tv, en particular por los noticieros, son útiles conceptos como la “hiperestimulación sensorial”, la “fragmentación de la realidad” y “la realidad convertida en espectáculo”, descritos por Ferrés, para evidenciar el nivel de influencia casi inminente (con la efectividad de la “aguja hipodérmica”, si se quiere) del discurso televisivo, inseparable de los demás componentes de la industria cultural, como configurador de la realidad de sus asiduos espectadores.

Por otra parte, con ánimo de no menospreciar los otros dos actores presenten en la película de Redford, el sistema educativo y el poder político, ha de reconocerse al primero como cultivador de tecnócratas defensores -sin saberlo, en la mayoría de los casos- del orden establecido; y al segundo devenido en una mercancía. Como asegura el profesor español, “en otros tiempos los políticos eran las ideas. Hoy son las personas. O más bien los personajes…”, en referencia a la mercantilización de la política a través de la tv (hondamente estudiada por el politólogo italiano Giovanni Sartori y analizada por la socióloga argentina Susana Velleggia).

En definitiva, esos otros dos actores han sido cooptados por el poder del discurso televisivo: la educación, basada en el análisis y la lectura, sucumbió ante la poderosa versatilidad y estimulación sensorial de las imágenes en movimiento, y la mayoría de los actores políticos devinieron en personajes construidos a través del marketing, de los cuales sólo cuenta su imagen.

Dijo Alejandro Magno no temerle a un ejército de leones conducido por un cordero, tanto como a un ejercito de corderos al mando de un león. Actualmente, hay que temerle más que a los ejércitos, a los leones de la televisión en piel de cordero manso y divertido, más poderosos que los mismos ejércitos y sus guerras.